A las cinco y diez, como cada día, se dispuso a abrir su viejo cuaderno y a describir todas aquellas cosas que le gustaban de la vida y aquellas que no, como si haciendo un inventario de su presente la luz se volviera más tenue, el dolor, menos acusado, y el otoño, que recien comenzaba, hierático en su forma y frío en su contenido, se conviertiese en crisol de sensaciones, puerta cerrada a la desesperanza.
Esperanza que algún día recuperaría a través de sus palabras.
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