Ayuda.
Ayer, sentado en un banco de Avenida de América, como una de tantas noches, se me acercó una vagabunda. Al principio me asusté y eché la mano al bolsillo, pero su calidez y cercanía me sorprendieron y accedí a cruzar unas cuantas frases con ella. Me habló de su pasado, de lo mucho que había sufrido, de sus hijos... vi el sufrimiento marcado en su cara, y sentí la necesidad de compartir con ella un rato, porque vi que no estaba necesitada ni de dinero ni de comida, sino simplemente de sentirse escuchada.
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